Usualmente, en mi camino matinal hacía la universidad, no entro al Complejo Cultural Universitario, todos los días prefiero caminar, aunque con prisa, por toda la banqueta de afuera hasta llegar a la facultad. Los diferentes días cuando no tengo clase en esta particular zona y entro al Complejo en camino al EMA, me sigo derecho, sin tomar importancia a alguna particularidad alrededor de mí. Pero, en este camino, están alineadas diferentes esculturas de una gran mayoría de artistas iberoamericanos que siempre son lo que distrae mi camino de su destino original.
En esa mañana del 4 de marzo, mi profesor nos asignó el ir y observar, primero, caminé por el puente donde el agua de la fuente reflejaba el sol y cegaba la mirada, llegué a la parte central del pabellón. Estaba cerrado por limpieza y las zona de las estatuas, donde podría jurar que había dos estatuillas más, se llenaba de compañeritos tomando foto para su propia nota.
Estas pequeñas obras, a comparación de los otros monumentos, se muestran delante de el muro con frases provenientes de rectores pasados de la Universidad, el cual siempre me pregunto su propósito, atrayendo la atención de todos a su alrededor. Mis ojos se van a el último de la izquierda, cinco esculturas pequeñas, posadas sobre pequeños marfiles, con una placa que los identifica a cada uno.
Siguiendo el camino de madera, cerca de la moderna y cuadrada fuente, se posa un ángel, de el mismo material que las otras esculturas. Exuberante y llamativo, llama la atención de todos alrededor y comenzamos a tomar fotos de él.
La construcción del espacio me parece interesante, este largo camino de madera continúa hasta que ae vuelve piedra, en la entrada del complejo, donde quedan todos los restaurantes en sus esquinas, a la izquierda se ve una mariposa y la derecha una fuente con una mujer levitando con el agua.
Al verlos, después de observar los alrededores, es el momento donde decido irme a casa.

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