La conspiración de la fortuna escrito
por Héctor Aguilar Camín, comienza con Santos Rodríguez, un hombre ambicioso de
sus ideales, con interés en la política y la creación de una comunidad agrícola.
En el inicio, tenía un rival que próximamente se convertiría en su mejor amigo.
Santos observaba su alrededor y disgustaba de su país, quería transformarlo y
mostrarle otra manera de mejorar su economía con la industrialización
extranjera. Él tenía la costumbre de pensar de manera emprendedora; cada
aspecto de su vida se veía afectado a favor de sus intereses, la amistad, el
amor y la fortuna.
Con
su casamiento logró expandir sus relaciones, hasta llegar a ser el secretario
de finanzas y amigo del presidente. No sólo ganó amigos, en mayoría, había
enemigos con esperanzas de destruirlo. Sus relaciones políticas aumentaron y
logró llegar a ser considerado para la candidatura presidencial. Confiado, se
enfrentó a diferentes problemas que le resultaron en mala fama e
investigaciones por fraude, terminando en una gran depresión. En forma de
venganza, educó a sus hijos en el camino político.
La
novela se desarrolla en el plano del realismo, “lo real maravilloso” de este
México contradictorio y exagerado lo aproxima al “realismo mágico”. La
intención del autor va más lejos cuando analiza el funcionamiento político o la
psicología social mexicana: “Difícil o imposible describir un país. En los
tiempos de que hablo, el mío era un estruendo de cambios silenciosos”.
Esta
novela se codifica en paralelismo: dos tiempos, dos sociedades; una unidad. Los
vicios, como los intentos de modernización, son paralelos. La última parte de
la novela, donde se describe el tejemaneje del poder y la droga; las ambiciones
personales y la venganza constituye la zona más próxima y enfebrecida del
relato. La conspiración de la fortuna es una interesante novela, sugestiva,
reflejo de una sociedad y de un mundo que se sirve de lo particular para
alcanzar lo universal; es decir, que, siendo un tapiz de México, filtra los problemas
de cualquier realidad.

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